En mis ijares de plata
clavaste tus espolines,
al viento echadas las crines
volaban mis áureas patas;
y en las cabriolas celestes
mis dientes mordiendo frutos,
no eran míos (ya tan brutos)
hincaban a aquel o a éste...
Tú corrías, yo... volaba...
Mientras mis labios ardían
en tu llama que crecía,
el delirio nos quemaba.
En tanto, el día nublado
sus ojos de sol y luna,
oscureciendo una a una
las horas se fue llevando...
Aquí estoy después de tanto,
sin saber quién fue quién...
Nos bebimos aquel bien,
y así se quebró el encanto.
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